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En Uruguay, hablar de Selección, es sin ningún tipo de duda o confusión, hablar,
sentir, palpitar por una delegación futbolística ligada indisolublemente al
país, que lo encarna, que lo representa y expresa. Selección es fútbol y es
país. En su proceso de integración y preparación, en la disputa de un partido o
torneo, significa de hecho e implícitamente confrontación internacional, que
pone en juego el orgullo y el prestigio nacional. Con la misma pasión, única e
indisoluble, tanto en un partido amistoso, en un torneo juvenil, en la Copa
América o en la Copa del Mundo.
Ya desde su nacimiento, el fútbol uruguayo buscó de inmediato su proyección
internacional. En el plano directriz, preámbulo organizador de la confrontación
deportiva, y en esta misma, verdadera razón de ser y esencia definitoria de la
actividad futbolística, la cual es necesariamente continua y debe ser
permanentemente renovada. En el fútbol no hay tiempo de inactividad,
oportunidad de evadir la defensa de lo conquistado o lo perdido, la revancha es
omnipresente, sin limitaciones de tiempo o espacio.
Por esta razón antes, durante y después de creada la competición nacional,
estuvo siempre presente la actividad internacional del fútbol uruguayo y la
presencia y acción de su equipo representativo, cuya integración siempre fue
discutida apasionadamente, dramáticamente, enconadamente incluso, a nivel
nacional. Cada uruguayo por antonomasia es un seleccionador nato y desde la
primer selección conformada sobre el apoyo de unos y la oposición de los que
tenían una propuesta mejor, en cada equipo y en cada delegación estaba en juego
la mejor representatividad del país. Quizás reflejando esa realidad política,
social y económica del país, que innovaba en estos tres aspectos, donde el ser
ciudadano estaba profundamente imbuído de una profunda conciencia social,
libre, democrática, abierta a todas las corrientes ideológicas, con absoluta
libertad de cultos, y que buscaba, afirmar esa profunda identidad nacional en
el crecimiento ideológico, en el intercambio y en una concepción profunda de
apertura hacia todo el mundo.
El fútbol y su síntesis: “el combinado” de los primeros tiempos, la selección de
ayer, de hoy, la de mañana, siempre significó y significará una verdadera
identificación con el ser social nacional, con sus tradiciones y valores
intrínsecos, siendo a la vez embajada, representante y símbolo del Uruguay,
como sublimación de todos sus valores ciudadanos. El equipo uruguayo en la
disputa de la 2ª Copa América, en Río de Janeiro en 1919, defendiendo su título
de campeón, ingresa al campo de juego, saludando al público portando la bandera
de Brasil, el hurra lanzado por el adversario es un mensaje de paz y amistad
del pueblo uruguayo a través de sus “futbollers” que lo representan. De igual
forma los argonautas del 24, primera delegación futbolística sudamericana en
pisar suelo europeo, representando de hecho al Uruguay, colocan una placa en la
casa donde nació don Bruno Mauricio de Zabala, fundador de Montevideo, en
Durango, o rinden homenaje a Concepción Arenal, o concurren a depositar una
ofrenda floral a la tumba del soldado desconocido bajo la sombra del Arco de
Triunfo. En la ciudad luz, en 1924 no están solo futbollers, se encuentran los
representantes del pueblo uruguayo, los Campeones de América.
Esta constante, representación, confrontación e intercambio y afirmación de
valores propios, jalona la historia de la selección nacional, que repetimos es
a su vez, indisolublemente la historia del fútbol uruguayo y la de su
proyección internacional. Primero se busca la confrontación deportiva con el
fútbol argentino, ya fuera bonaerense o rosarino, recogiendo directas
tradiciones históricas, la propia de la cuenca del “rio ancho como mar”, o la
tradición de rivalidad de las empresas inglesas afincadas en ambas márgenes del
Río de la Plata, o instaladas remontando un poco el curso del “río de los
pájaros pintados”, que terminó dando su nombre al Uruguay. Después durante las
primeras décadas del 900 se trata de competir, medir fuerzas, aprender, con
cuanto equipo de fútbol arribase al Río de la Plata: tripulaciones de los
buques de guerra o mercantes de la flota inglesa, clubes profesionales
ingleses, vascos, españoles, italianos, húngaros, checoeslovacos, etc.
Siempre, quizás demostrando con la permanente constancia, el fracaso histórico
de un destino común, se ejercita de ambos lados, la constante rivalidad Uruguay
- Argentina, Argentina – Uruguay. Desde la disputa de las Copas “Caridad” y
“Lipton”, la revancha de Octubre frente a los Olímpicos del 24, donde surgen
para el fútbol rioplatense y del mundo nuevas realidades llamadas alambrado,
gol y vuelta “olímpicas” y el abstracto concepto de “campeón moral”; hasta la
doble final de Copa América para el Juego Olímpico de 1928, demostrando a todo
el orbe la calidad y jerarquía indiscutibles del fútbol rioplatense.
Se disputó hasta los colores de la camiseta del combinado de las naciones unidas
y separadas por el Río de la Plata.
Precisamente esta disputa por los colores emblemáticos y su resultado, significa
a la postre, la identificación del fútbol uruguayo, con su estilo, con su
manera de jugar al fútbol, significa la base de su propio futuro y a la vez
anuda indisolublemente los lazos, el valor emotivo, pasional, y de profunda
identificación con el país.
El 15 de agosto de 1910, como no podía ser de otra manera, en un partido contra
la Selección Argentina nace la camiseta celeste. Hasta esa fecha, casaquillas
blancas, azules, con o sin diagonal fueron usadas por el fútbol oriental,
mientras que el argentino oscilaba entre el albiceleste o el propio celeste. Se
define Argentina por el rayado albiceleste, mientras los orientales,
disimulando la permanente emulación con los “hermanos argentinos”, comienzan
insensiblemente a utilizar el rayado albiceleste con toques rojos –escudo o
diagonal- correspondientes a los colores de la bandera de la en esos momentos
Liga Uruguaya de Football, con la consecuente similitud de colores y
reconvención amistosa de la Asociación Argentina de Football. Ante este estado
de cosas y programado el citado encuentro por la Copa Lipton, Uruguay sale al
campo de juego de Belvedere luciendo casaca celeste, recogiendo iniciativa del
River Plate oriental triunfador con esa camiseta, ante el glorioso Alumni
porteño, usada obligadamente por identidad de verticales blanqui-rojas de ambos
clubes.
Rivalidad y triunfo son los númenes presentes en el nacimiento de una camiseta,
que se convirtió en emblema nacional. Celeste define al Uruguay, a todo lo
uruguayo y no sólo en cualquier competición deportiva. Todo Uruguay, sin
distinción de sexo, raza, ideología o credo es “Celeste”, le guste o no el
fútbol, le guste o no cualquier actividad deportiva a la que se incorporó, sin
excepción, esta divisa. Lo es dentro y fuera de fronteras, tan celeste como el
cielo de la Banda Oriental, siendo esto mérito del fútbol y de todos los que lo
hicieron y lo hacen realidad. Celeste es competir, con lealtad, con integridad,
con capacidad y valentía, dando lo mejor de sí, representando con honor,
dignidad y entrega total al Uruguay, siendo esto una vocación, un sentimiento,
una pasión, profundamente enraizada en el ser social oriental.
Este sentimiento ciudadano-deportivo o mejor dicho ciudadano-futbolístico es un
aporte del fútbol rioplatense en general y del fútbol uruguayo en particular al
mundo. Por más que en sus inicios fuera contemplado con cierta ironía y
condescendencia, hoy que se ha universalizado “globalmente” y cada rincón de la
tierra vibra y siente por la selección de su país, futbolísticamente de un modo
similar a lo que lo hicieron aquellos pioneros uruguayos, es de justicia
reivindicarlos como vanguardia. A los que llevaron en triunfo por Montevideo en
1906 al jugador Juan Pena, porque le había convertido un único y solitario gol
al Nottinghan Forrest, el de “los profesionales ingleses”, no importando los
seis goles que éste había marcado. A los que se volcaron a la calle en todo el
país festejando los triunfos del 24, 28, 30 o 50 y que fueron considerados como
incultos y fanáticos por manifestar su orgullo y alegría nacional. A los que,
también como representantes de todo el país, sufrían abatidos, desconsolados y
llorosos, ante el asombro de periodistas europeos y del público suizo, en la
llovizna persistente del atardecer de Berna, porque la celeste, perdiendo un
invicto internacional de 30 años, caía en el alargue, frente a los magos
húngaros, resignando la Copa Jules Rimet y la posibilidad de conquistarla en
propiedad.
Esta concepción nacional-internacional es definitoria del fútbol uruguayo, de
sus Seleccionados, de la Celeste, de los “Uruguayos Campeones de América y el
Mundo”, de un sentir, que por más que lo cuestione el presente, no puede
ocultar el brillo de su historia, ni el derecho a la esperanza cierta de un
futuro inmediato.
A modo de ejemplo ilustrativo transcribimos:
“. . . . Para mí, la patria era el lugar donde por casualidad nací. Pude haber
nacido en cualquier otro lado y entonces hubiese tenido otra patria, sin que
interviniera en ello para nada mi voluntad ni mis deseos. Era el lugar donde
trabajaba y se me explotaba. . . Y muchas veces pensé que en cualquier otro
país hubiese sido lo mismo. ¿Para qué precisaba yo una patria. Pero fue allá en
París, donde me di cuenta de cómo la quería, cómo la adoraba, con qué gusto
hubiese dado la vida por ella. . . . Fue cuando ví levantar la bandera en el
mástil mas alto! Despacito; como a impulsos fatigosos. Como si fueran nuestros
mismos brazos, vencidos por el esfuerzo, agobiados por la dicha, quienes la
levantaron. Despacito. . . . Allá arriba, se desplegó violenta como un latigazo
y su sol nos pareció más amoroso que el de la tarde parisién. Era el sol
nuestro. . . . Abajo las estrofas del himno que llenan el silencio imponente de
muchos miles de personas, sobrecogidas por la emoción. Entonces sentí lo que
era patria.”
Del cuento Viejas emociones, del periodista Julio C.Puppo “El Hachero” donde
recuerda palabras del “Indio” Líber Arispe, Campeón Olímpico 1924.
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