FAIR PLAY: EL ESPÍRITU PALPITANTE DEL JUEGO

La Asociación Uruguaya de Fútbol participa activamente en la campaña de FIFA en torno al Fair Play, llevando adelante las iniciativas y propuestas con que la organización del fútbol mundial trata de hacer realidad en todos los confines del mundo la esencia del juego: su limpidez y transparencia. Condiciones estas definitorias de la esencia del espíritu deportivo en cuanto tiene de ética y solidaridad humana en la franca y abierta competencia. Limpidez y transparencia único medio de continuar desarrollando el fútbol y dotar de verdadera esencia al triunfo, de que éste sea siempre el resultado de la habilidad, la técnica, incluso de la fortuna, dejando de lado toda componenda, la utilización de medios ilícitos, erradicando los elementos que cuestionan su esencia: la violencia dentro y fuera del campo de juego, el uso de estimulantes o toda forma de corrupción, desde el soborno o cualquier otro tipo de influencia extra deportiva para incidir o amañar el resultado de partidos, torneos o campeonatos.

Desde las temporadas 1993/94, en todas las actividades nacionales e int ernacionales, clubes y seleccionados uruguayos han sido partícipes y protagonistas del espíritu del fair play, no solamente en cumplimiento de directivas internacionales sino también recogiendo y desarrollando una tradición y estilo inherente al fútbol oriental. Así por ejemplo, el emblema del fair play preside y motiva la amplia actividad desplegada en todo el territorio nacional en ramas que han tenido y tienen cada vez mas desarrollo: fútbol infantil, fútbol juvenil, fútbol femenino y futsal. Teniendo como norma cumplir con los fines de la AUF, ya perfectamente delineados en su fundación en 1900: “El propósito fundamental de la Asociación Uruguaya de Fútbol es el de dirigir y fomentar en toda la República el deporte llamado “Football Assocciation” como ejercicio físico, recreativo, educativo e higiénico”. Lo que hoy significa, más allá del vertiginoso desarrollo del fútbol-empresa-negocio-dividendo, el compromiso constante y cotidiano de llegar con un mensaje de futuro, a la niñez, a la adolescencia, a la esperanza de la juventud, con un mensaje participativo, de competencia solidaria, reivindicando la magia permanente del juego, ante la hostil y fría realidad económica del desamparo y la marginación.

Fair play es la política de acción de la AUF, de todos sus clubes, los de las divisiones de privilegio, los intermedios –verbigracia “de ascenso”-, o los totalmente “amateurs” con el perfume añejo de tiempos idos y gloriosos que esto implica. Los que pese a la falta de medios económicos y materiales de toda índole, llegan hacia esa niñez y juventud carenciada, con el mensaje mágico de una pelota y el arcoiris de una camiseta, que en realidad, día a día, objetivamente, la sacan de la aniquilación del medio y junto con una merienda, le dan la ilusión de una esperanza, en competencia continua con el escape de la droga y la perspectiva de la delincuencia. Fair play es la actitud docente de todos esos entrenadores, cuasi honorarios que exigen a sus futuros cracks, junto con las prácticas semanales los boletines de calificaciones de sus estudios escolares o liceales.

Por supuesto, esto del fair play no es una cuestión de laboratorio, es una realidad humana, inserta en un juego que es todo pasión. El fair play no es una decisión de escritorio, es una actitud vital, ética comprometida, de niños, jóvenes, hombres y mujeres, que participan del vértigo pasional de un juego, cambiante e impredecible, donde manda por sobre todo la versatilidad, magia, imprevisión e inconsecuencia permanente y vertiginosa de la pelota y donde el numen, lo definitorio es el triunfo, consagrado por una eclosión integral: grito, estallido, júbilo o desazón con una economía escrita total: gol. Para lograrlo, para ganar, que es el objetivo y la razón de ser, sin desmerecer al olímpico barón reconociendo la importancia de competir, que es lo que estamos dispuestos a realizar, que medios vamos a utilizar, de que forma lograremos esa meta. Para nosotros, el fair play es antes que nada la ética de la victoria, el compromiso asentado en la misma esencia genésica del fútbol, un hurrah por el adversario, que ruede la pelota, que gane el mejor y si alguien se lesiona el balón afuera, que será, concluida la tregua, devuelto por el rival. Y todo esto enmarcado por la pasión y el compromiso íntegro de cada uno y de todos los que disputan el triunfo en medio de los contrastes mas violentos, la euforia del goleador, el desborde de su festejo frente a la derrota y humillación del golero mordiendo el polvo o la impotencia desesperada del defensa que llega una milésima de segundo tarde al cierre. El virtuosismo malabar y prestidigitador, la postura plástica del enganche para esa moña, regate o dribling del que elude y la impotencia total, mordazmente expuesta del burlado, escarnecido y estafado que fue a buscar la pelota donde no estaba, que “se comió un amague”. Tan violento y dramático resulta, que masiva e internacionalmente todas las multitudes futbolísticas del mundo, no importa donde se encuentre el estadio, para testimoniar el dominio total de su equipo junto con la impotencia del rival, incorporan sin vacilar el castizo y taurino Olé, con la brutal diferencia que burladores y burlados entienden el significado y que ambos son igualmente de peligrosos. En el fútbol además cuenta y de sobremanera las reservas físicas y espirituales, la concentración y estado mental de los participantes. Como en el boxeo o en las carreras de largo aliento el mantener la claridad intelectual y las reservas anímicas resultan fundamentales en el resultado final. Y si el hombre tiene el don de la palabra, también tiene el de la simulación. Palabras y simulaciones juegan su papel en la contienda “síquica” de once contra once. Porque el árbitro está protegido directamente contra la palabra, en segunda instancia contra la simulación ya que previamente tiene que advertirla. Pero los jugadores no y no vamos a dudar aquí del poder de la palabra, con todas sus implicancias. Y con esto, que no es muy ético –pero muy usual, volvemos a lo apolíneo y a lo dionisíaco-, a lo del inicio, el fair play es el espíritu palpitante del juego. La ética de la victoria y también la aceptación total de la derrota, pese a la humillación y dolor que esta puede implicar, con la total conciencia de que la revancha es una posible realidad, la esperanza puesta al alcance de la mano. Toda esta concepción es inherente al fútbol, reiteramos es su espíritu. Se maneja la posibilidad del cambio, de revertir la situación, para eso existe el segundo tiempo, se trastocan las condiciones materiales – posicionamiento en el campo de juego con respecto a los arcos, al sol, al viento, a la relación de proximidad con el público de las tribunas, etc.- como reafirmación de nuevas posibilidades de cambio deportivo y si es régimen de campeonato queda implícito el partido de la segunda rueda. Y esto sin dejar de reconocer de que el fútbol es universal, porque es violentamente dramático, nada igual a esos minutos finales angustiosos, emocionales donde se juega la posibilidad o no del gol que signifique no sólo el triunfo, no solamente la obtención de un campeonato, sino también mantener la categoría en un campeonato nacional, o seguir adelante en un torneo internacional, llámese Copa América, de la CONCACAF, de la UEFA, de la AFC o de la OFC

El fútbol uruguayo participó, participa y no dudamos participará totalmente consustanciado con este espíritu del juego. Sin dejar de reconocer antes que nada los propios errores cometidos: confundir el compromiso con el triunfo y las reservas anímicas para lograrlo con la utilización de la violencia en el juego, ante la propia merma de los recursos técnicos de los últimos tiempos, no manejar con la necesaria ecuanimidad errores arbitrales que cercenaban posibilidades deportivas, o no superar individual y colectivamente el impacto emocional, el encontronazo imprevisible y sin reacomodo psíquico del gol de oro que nos correspondió inaugurar y sufrir, no pueden opacar el compromiso permanente del fútbol celeste con el juego limpio y leal, base principal de la escuela futbolística oriental, ni deteriorar ni poner en tela de juicio la total justicia y transparencia de sus conquistas principales.
Quedan todavía resabios de valoraciones no objetivas, con relación a una especie de leyenda negra que subrepticiamente pesa sobre los triunfos claves de Uruguay en el concierto mundial. Ya en 1928, intencionadamente o no, al revalidar el título olímpico, junto con la calidad de la escuela futbolística oriental se hizo aparecer el factor suerte como determinante del resultado. De igual forma en el primer mundial, el que puso en marcha la realidad del fútbol a escala internacional y sentó las bases de su triunfo, se manejó como incidiendo en el resultado, la violencia y juego duro del seleccionado campeón, la violencia del público y la mala calidad de los arbitrajes. Pese a las opiniones de autoridades de FIFA, delegaciones visitantes, prensa y comentaristas especializados. Pese a que el plantel uruguayo de 1930 lo componían prácticamente los mismos jugadores campeones olímpicos y mundiales de 1924 y 1928, pese a que el Estadio Centenario, aún hoy a 75 años de su construcción sigue siendo por su diseño y concepción uno de los mas seguros del mundo, un mundo que en cuanto a violencia de los espectadores, cambió radicalmente. Asimismo se produjo algo similar en 1950, el Maracanazo, una de las mayores hazañas deportivas del fútbol mundial, en un Campeonato que renacía con el planeta, con el mensaje de paz y civilización del fútbol luego de la Segunda Guerra Mundial. Campeonato que con la primer participación de Inglaterra y la de Uruguay, el primer campeón del mundo, que concurría en tierras americanas luego de su no presentación en los dos torneos previos realizados en Europa, aseguraba la realidad y proyección universal de la Copa del Mundo FIFA, la que de inmediato pasaría a llamarse Jules Rimet. De este Campeonato, quizás como ninguno paradigmático del fútbol y del fair play, también se manejan elementos de análisis que obran en detrimento de la imagen del fútbol celeste. Decimos que es ejemplo del fútbol, porque es la demostración total de que durante los 90 minutos de juego, los rivales tienen iguales posibilidades de triunfo. No valen los curriculums, las figuras, el poderío social y económico, vale la total democracia de un juego, donde el aparentemente más débil, tiene las mismas posibilidades que el poderoso, siendo quizás esta una de las principales razones de la hegemonía mundial del fútbol sobre otros deportes: durante el tiempo real del juego, todos somos iguales, todos dependemos de nosotros mismos, como se decía extramuros de Montevideo, que ruede la pelota y que gane el mejor. Lo que corresponde a la esencia del Fair Play de Maracaná es el comportamiento de Brasil todo ante esa derrota coyuntural. Técnicos y jugadores, los 204 mil espectadores, los cariocas, en todo Brasil, se sintió y se sufrió la derrota, brutal contraste con todo el optimismo previo. Pero con total hidalguía, con absoluto y total espíritu deportivo la aceptó. Nada mas que el estupor, el dolor y el silencio de Maracaná. De este ejemplar comportamiento de todo un pueblo dos rotundos y totales testimonios escritos que son historia viva del fútbol: las memorias de Jules Rimet “Fútbol – la Copa del Mundo” y el reportaje de Osvaldo Soriano a Obdulio Varela “El reposo del centrojás”.
Y del ganador, que se dice aún hoy: casualidad y fortuna, aprovechamiento del exceso de confianza de un team superior, juego áspero lindando con lo violento que “achicó” a los rivales más habilidosos, etc. Mucho mas suerte tuvieron los seleccionados alemanes cuatro años mas tarde, en Suiza 1954, o en Alemania 1974, nadie los cuestiona por haberles ganado a los magyares olímpicos o a la naranja mecánica, por mas que ambos hubiesen revolucionado técnicamente la forma de jugar al fútbol.

Como síntesis, como sinceramente pensamos que en el fútbol y valga la aparente incongruencia, no se gana únicamente dando patadas y golpeando al rival, que siempre prima la calidad técnica que se posee –aunque la misma no sea deslumbrante pero sí real y efectiva, que factor de triunfo es la entereza anímica, el mantener intacta la posibilidad de la victoria, buscándola hasta el último segundo del partido, el definir una forma y estilo de juego, una escuela propia que sea la forma de expresión natural y lógica de la idiosincracia popular, que en términos celestes significaron y significarán equipos sólidos, monolíticamente estructurados, de alta capacidad defensiva con un definido eje central recuperador, distribuidor y ejecutor del balón y alas defensivas o atacantes, con gran dominio técnico y/o capacidad de marca, sacrificio y lucha, capaces de transformar un aparente tránsito cansino en vértigo fulminante, traducido todo en generar el dominio de la pelota, el del partido técnica y anímicamente y en convertir contra viento y marea, muchas veces de forma aparentemente inverosímil, pero en realidad laboriosamente trabajada que da los pocos pero decisivos goles del triunfo.

El fútbol uruguayo encarna desde su inicio el espíritu palpitante del juego, a modo de ejemplo siguen cinco razones, como homenaje a esas “delanteras” que a través del futbol sintetizan para los pueblos la magia del triunfo y la esencia del fair play llaménse Ghiggia, Julio Perez, Miguez, Schiaffino y Morán.

   
 
 
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